La libertad en la impermanencia emocional

A la mayor muestra de impermanencia de todo lo compuesto la tenemos en el espacio-instante en el que estamos parados: nacemos, vivimos en este cuerpo una cantidad de años, y nos morimos. Indefectiblemente llega un día en el que nuestro cuerpo deja de funcionar.

Alguna noche de estas, cuando observes las ventanas iluminadas, quizás te detengas a  notar que en unos años cada uno de los seres humanos que están adentro de esas ventanas ya no estarán en este plano, y tampoco tú.

Para nuestro beneficio también nuestras emociones son impermanentes.

Hace unos meses me mudé a este apartamento, que tiene una vista muy amplia.

Cada día mis ojos buscan el cielo y todos sus matices de formas y colores.

A los pocos meses de mudarme, apareció una grúa en la zona izquierda del paisaje. Me incomodó pero hice todo lo posible por mantener la confianza en que el edificio no sería más alto que la línea del horizonte. Sin embargo, el edificio en cuestión sigue subiendo, como muestra esta foto de hoy:

Con esa flecha señalo no solamente el nuevo edificio sino también dónde ha estado el foco de mi atención cada vez que he mirado por la ventana en el último mes. Por momentos he sentido aprehensión, miedo, angustia, inclusive furia. ¡Es que “me” está tapando cinco centímetros de bahía! La secuencia interna sigue con pensamientos como: “me gustaría vivir en el campo; o mejor bien alto en una montaña; ¿por qué la gente perdió el interés por la contemplación?; ¿irán a construir muchos edificios más?”. Con cada nuevo pensamiento y juicio la incomodidad emocional va en aumento y el sentimiento general es de aprisionamiento y debilidad.

Noto mi actitud mental-emocional de rechazo a la impermanencia (¿el paisaje no podía quedar incambiado?) y también a mis emociones (¡no quiero sentirme así!). En ese rechazo percibo claramente el sufrimiento. En ese sufrimiento noto el gesto energético de tensión desagradable y la urgencia por transformarlo en agradable. La aversión al sufrimiento y el apego al placer, las dos caras de la misma moneda samsárica.

Ahí me detengo y mirando de frente al edificio que crece, suspendo los juicios hacia lo externo y observo mis emociones. Al continuar observándolas, se transforman. A veces cambian de una a otra y otras veces directamente desaparecen. Más tarde o más temprano desaparece la emoción perturbadora y es con esa desaparición que descubro un espacio muy especial: un lugar amplio, sin perturbaciones, de comprensión que se siente eterna. Descubro la libertad con mayúsculas, la libertad de todo lo externo a mí.

Entonces noto que es en la impermanencia de todo lo compuesto que está una de las puertas a la libertad. El espacio que se vuelve perceptible al desaparecer una emoción perturbadora –agradable o desagradable– es la materialización más perfecta y abarcativa de la libertad.

Lo impermanente me genera emociones y es atendiendo a esas emociones que encuentro el espacio en el que siento una confianza y libertad de dimensiones enormes.

Una alerta interna me advierte que podría confundir esa enormidad con la permanencia. Eso no sería conveniente. Me queda claro que en la impermanencia es donde está asegurada la próxima lección tridimensional.

Traer a nuestra conciencia cotidiana la impermanencia de lo que nos rodea, de quienes nos rodean, de nosotros mismos y de nuestras emociones redimensiona nuestra realidad y, con un poco de atención sin juicio, nos puede ofrecer una vida en libertad.

Al observarla sin juzgarla, sea cual sea la emoción perturbadora, la vemos transformarse: quizás en otra, quizás aumentar, quizá disminuir, indefectiblemente desaparecer. Esa transformación asegurada significa un gran alivio: ninguna emoción que sea atendida permanece mucho tiempo.

Tomo el paisaje desde mi ventana como metáfora de la vida y descubro que el foco de mi atención ya no está tanto en los acontecimientos siempre cambiantes sino más en hurgar en las emociones que esos acontecimientos me generan. Por ahora esa es mi escalera hacia la libertad.

¿Qué sientes en este momento?

Si quieres, obsérvalo y sigue observándolo. Mantente ahí… fíjate adónde llegas… ¡y disfrútalo!

Gracias por formar parte de este mundo impermanente,

Patricia

21 de abril de 2018

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