Corazón caminante

Hoy hice algo que no hago frecuentemente: visité a un médico.

¿Se acuerdan del susto que me pegué el 10 de agosto? Sentí que era un tema de responsabilidad familiar ir a ver a un cardiólogo y no continuar confiando en que mis asuntos físicos se solucionan solo con Reiki (aunque la evidencia hasta el momento diga eso a gritos).

Él y yo convinimos en que lo que me pasó fue resultado de un pico de estrés y que puedo olvidarme del asunto, porque no hay razones para preocuparse. [Sí, a veces yo me estreso… todavía].

Ante la noticia de que ni siquiera tenía que hacerme exámenes, me regalé el festejo de ir a caminar por la rambla sin hora de regreso, en un día no frío como hoy.

Apenas comencé a caminar, mi mente empezó a evaluar cuánto estoy pesando, que debería caminar a velocidad más apresurada para empezar a bajar de peso, y un montón más de ideas. A las varias cuadras me di cuenta de que no me había enterado de lo que había caminado. Mi autorregalo de celebración estaba siendo ninguneado, como si fuera algo que hiciera todos los días, aunque no viene siendo así, para nada, especialmente desde marzo.

Resolví hacer algo bien simple:

* Caminar por sentir el placer de caminar.

* Caminar a cualquier velocidad que me resultara gozosa… que fue ni muy lenta ni muy rápida.

* Al caminar, sentir cómo mis pies pisaban el suelo de mi rambla querida. Y al descubrir al primer contacto que lo hacían con preocupación y algo de violencia, cambié la pisada y pisé con deleite, dejando huellas de amor en el planeta.

* Entonces sentí mi espalda y lo bien que le sentaba que me moviera, que caminara.

* Encontré que tenía mi puño izquierdo apretado, así que lo abrí, relajando ambas manos.

Entonces caminar se volvió la celebración que imaginé en primer lugar.

Al llegar a un ángulo de la rambla, la vista era maravillosa. Me senté a contemplarla y a valorar la bendición de rambla que tengo a 7 minutos de casa (a pie).

Fue ahí, luego de abrirme a gozar la vida, que se me vinieron a la mente y al corazón esas personas que conozco, o de las que tengo referencia, que la están pasando mal por problemas físicos.

Así pasaron a través de mí, y se quedaron, pues aquí están todavía, seres que conozco o de quienes tengo referencias cercanas que aquí y ahora están enfrentando dificultades físicas impensables.

Entonces mi alegría por mi diagnóstico no fue tanta como al principio, cuando lo veía como lo único que podía estar mal en este planeta. Porque así lo vi por un rato, sí.

Existe una práctica, que se llama Tonglen, con la que podemos absorber (o imaginar que absorbemos) los males de todos los otros seres y podemos ofrecerles a cambio aquello que sabemos que les hará sentir bien. Puede ser una práctica estática, en el almohadón de meditación, o puede ser una práctica que nos acompañe donde sea que estemos, cuando por fin nos damos cuenta de que no somos los únicos sufriendo en este planeta.

Las anécdotas varían pero el sufrimiento es exactamente el mismo para todos nosotros.

Abrazos,
Patricia

Hoy es 24 de setiembre de 2020