
Las preguntas son lo más fértil de nuestro vocabulario.
Una pregunta casi que obliga a la respuesta, por lo cual el acto de preguntar implica una responsabilidad y un caleidoscopio de potencialidades.
Con nuestras preguntas colocamos límites o abrimos posibilidades.
Por ejemplo, al conocer a alguien podemos preguntarle lo típico:
“¿En qué trabajás?” o “¿Qué hacés?”
pero también podemos preguntar:
“¿En qué te gusta usar tu tiempo?”
Las conversaciones que nacerán a partir de ahí serán completamente diferentes.
Cuando nos encontramos con un amigo que hace un tiempo que no vemos, podemos preguntarle:
“¿Cómo va tu vida?”
pero también podemos preguntar:
“¿Qué aspectos de tu vida te hacen más feliz actualmente”
“¿Has aprendido algo interesante últimamente que quisieras compartir?”
“¿Qué te resulta más estimulante o motivante en esta etapa de tu vida?”
“¿Hay algo en lo que sientas que puedo ayudarte?”
“¿Actualmente qué valorás más de una amistad?
Esta pregunta va para ti, que estás leyendo:
Si el valor de un encuentro humano fuera proporcional a algo, ¿a qué dirías que lo es?
Hoy es 14 de julio de 2026